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Podría decir que estoy indignado, pero voy a ser más clásico. Estoy muy enfadado; y desolado. Por momentos me siento desnudo y expuesto. El viernes detuvieron y el sábado encarcelaron a dos titiriteros, acusados de hacer apología del terrorismo con su obra. Todos los que hayan querido han podido informarse a golpe de ratón del contexto en el que aparecía el cartel de GORA ALKA ETA en el espectáculo. Evidentemente el juez no ha visto la necesidad de informarse; el fiscal, menos todavía; los medios de comunicación, con alguna honrosa excepción, han acudido a la noticia como tiburones a la carnaza; miles de comentaristas en periódicos y medios sociales han soltado su bilis contra estos amigos de terroristas y han aplaudido su detención. Tal vez eso es lo que más miedo da: es la gente con la que vivimos, a la que compramos el pan o junto a la que nos sentamos en el autobús; también es la gente que viene a nuestras funciones. Personas corrientes, pero que son capaces de juzgar y condenar basándose solo en el titular sesgado o directamente falso de un periódico.

Hacemos teatro. Para reír o para llorar, a veces para jugar a dar miedo, también para pensar, reflexionar o criticar. En ocasiones incluso tenemos intenciones educativas. No hace falta estar de acuerdo con los colegas de “Títeres desde abajo” para defender su derecho a hacerlo. Lo contrario es atacar la libertad de expresión, y que no me digan que eso es propio de una dictadura. En Reino Unido se prohibió la publicación de “Animal farm” de George Orwell, y la caza de brujas del senador McCarthy en Estados Unidos intentó silenciar a numerosos intelectuales. También en democracia se cuecen habas. Y también aquí se practica la caza de brujas.

Tenemos derecho a hablar, y por eso defiendo a estos titiriteros. Si ese derecho se corta, se corta para todos. El mundo está lleno de locos a los que les puede parecer mal cualquier aspecto de nuestros espectáculos, lleno de policías celosos que nos pueden poner ante un juez y lleno de jueces presionados que pueden dar con nuestros huesos en la cárcel. ¿Quién nos defenderá entonces?

Parafraseando a Niemöller, tal vez no quede ya nadie para defendernos.