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Portada Fantoche 1El teatro de títeres tiene una larga tradición y profundas raíces en el inconsciente colectivo de nuestros pueblos. Es especialmente atractivo para la infancia, pero su capacidad de convocatoria rebasa los límites de la edad. Es también una herramienta bastante eficaz para la propagación de nuestra cultura, mediante la representación de leyendas, romances, tradiciones, etcétera. Además de ser un medio para ir abriendo caminos en la evolución del teatro, es un arte que engloba muchas formas de expresión artística como la pintura y la escultura entre otras, pero ¿qué es en realidad un títere, en su forma y en su fondo?

El títere vive y existe desde las primeras manifestaciones teatrales de la humanidad, desde que el ser humano en su condición de animal gregario intentaba descifrar este mundo y el otro, utilizando el teatro como enlace, con máscaras, disfraces y títeres. Allí nació, junto con nuestra conciencia, ese ser inanimado poblado de nuestras almas, que nos lleva al lugar primigenio en donde yace nuestra infancia.

Hoy su función es muy distinta, sin embargo queda algo mágico en él que nos cautiva. La forma de entenderlo varía según el grupo cultural que lo percibe, según donde le toque ejercer y la época en que le toque vivir.

Las definiciones que podemos encontrar en el diccionario se refieren únicamente a su forma física, y sus acepciones, a la naturaleza y origen de su movimiento, pero los que ejercemos este arte sabemos que hay algo en él que va más allá de los materiales en que está hecho y del modo en que lo manipulamos. Como decía Paul Claudel “el títere es una palabra que se mueve”, cómo entender esto sin otorgar un significado, un fondo que habita dentro de su forma. El títere es por lo tanto una forma de vida animada por un significado en un cuerpo inerte. Tiene existencia al transmitir alguna idea, vive mientras comunica. El titiritero, a su vez, vive a través de él, se expresa a través de él, en definitiva prolonga su cuerpo en el suyo y viven los dos en ese acto de comunión, es en el momento en el que el títere toma prestada la vida de su manipulador, que podemos decir que tiene voluntad y existencia propias. Trasmite y comunica directamente con el público que le interpela y escucha, que cree en sus palabras y dialogan. En este trance el titiritero no es más que una forma que cede su fondo y pierde significado, es un mero trasmisor al servicio de la vida de su títere. Habla y se mueve en función de las necesidades del títere, es este el que dirige y utiliza al manipulador como un instrumento para lograr sus objetivos, podemos decir llegados a este punto que, ha adquirido conciencia y albedrío. El títere es una extraña forma de vida que florece durante el hecho teatral adquiriendo dimensiones y rasgos humanos.

Este número ha sido posible gracias al esfuerzo y la entrega de mis compañeros del equipo de redacción: Joaquín Hernández, Ramón del Valle, Francisco Cornejo y Jesús Caballero, que han logrado una vez más llevar a buen puerto este proyecto. En estos tiempos que corren en que el éxito se mide por el dinero, es realmente alentador saber que aún hay gente dispuesta a dedicar parte de su tiempo a trabajos por amor al arte.